En los malos días
del represor Ulises Ruíz.
El sol quema los magueyes
en el atrio de Santo Domingo.
La cantera es un pedazo de pan caído
de la boca del volcán,
caliente, todavía,
como si el mundo apenas hubiera nacido.
Los muros de adobe de la iglesia
encierran las desgracias de los indios.
Ya se va a terminar octubre
y no hace frío.
(Los maestros arengan en las plazas,
los estudiantes marchan por las calles.
El aire pesa pero la gente va ligera,
cualquier momento puede ser la hora de correr.)
Pared de piedra,
tiempo cuajado de la hormiga
o paredón del sacrificio.
Tú lo has visto todo:
¿Qué son tres muertos y veintitrés heridos?
¿Dos tlayudas con manteca,
una taza de café,
un poco de mezcal y tres chapulines,
un gringo muerto bien querido,
un pringuito de sal con chile
dos ‘levantados’,
y un tamal?
(Las pedradas no logran abollar
ni el cristal de las tanquetas.
Las palabras horadan el aire, los tejidos,
la médula del hueso.)
Lugar de pueblos, lenguas
como moles, mujeres enlutadas
que llevan un canasto en la cabeza,
la luna cae sobre tu clara sombra
poco a poco.
(Los cofres en la calle
espantan el turismo de Oaxaca.
Es hora de correr.)
|